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jueves, 11 de agosto de 2022

Una patota mató a golpes a su hijo a la salida de un boliche: “Dios ya no existe para mí”

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Lautaro Padin había tenido un altercado con otro joven en un cumpleaños en Berazategui. Hacía frío aquella noche del 17 de julio de 2021, y las fiestas estaban prohibidas debido a las restricciones de la pandemia. Ya de madrugada, Lautaro -20 años- quiso emprender la vuelta. Cuatro cuadras lo separaban de su casa. Pero al salir lo estaban esperando.

El hombre con el que se había peleado abandonó el lugar más temprano y reunió a sus amigos en busca de venganza. Lautaro advirtió la emboscada y empezó a correr, pero fue alcanzado por la patota: un ladrillazo en la cabeza lo dejó inconsciente y, ya en el suelo, fue atacado a patadas. Le destrozaron los pulmones, los riñones y las costillas. Luego le robaron la campera, las zapatillas, la gorra y otras pertenencias.

El dolor de un padre por el cobarde crimen de su hijo: “No me entra en la cabeza lo que le hicieron”

“Cuando pasó lo de mi hijo me tuve que arrancar el dolor y ponerme la capa de Superman. Trámites, visitas a la comisaría y la fiscalía, todo el camino de búsqueda de justicia”, le cuenta Daniel Padin, papá de la víctima, a TN. “La ficha me cayó después y hoy estoy arruinado, te juro. Yo tenía una vida normal: de casa al trabajo y del trabajo a casa, alguna cervecita con amigos cada tanto. Ya no me muevo. Vivo en una tristeza absoluta”.

“Tito”, como lo llamaban familiares y amigos, murió el 31 de julio del año pasado luego de pasar 14 días en la terapia intensiva del Hospital Evita Pueblo. Acaso su extendida agonía marca la única diferencia con Fernando Báez Sosa, quien falleció en el acto tras el brutal ataque de los rugbiers en Villa Gesell. “Mi ex habla seguido con los papás de Fernando”, dice Daniel.

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“Yo te cuento lo que pasó y digo ‘qué hijos de puta’, porque la verdad es que no lo puedo creer. No me entra en la cabeza lo que le hicieron a mi hijo”, retoma, desgarrado por el dolor y la indignación. Habla también de un proceso invertido con Karina -su ex y mamá de Lautaro- en cuanto al duelo: “Cuando mataron a ‘Tito’ ella estaba destrozada y no se podía levantar. Ahora es al revés: la veo más fuerte y yo no quiero vivir más”.

Los atacantes compartieron en sus redes sociales las imágenes de la golpiza y exhibieron las pertenencias del joven como si se tratara de un trofeo. “La campera que llevaba la terminé de pagar después de que murió. Le robaron hasta los documentos. Pude hacer los trámites con una fotocopia de su DNI que encontré de casualidad”, detalla Daniel.

Las fiscales Karina Gallo y Silvia Borrone, a cargo de la UFIJ N° 4 de Berazategui, lograron identificar a los agresores y, tras una serie de operativos en Ingeniero Allan y Villa Argentina, fueron detenidos dos semanas después de la muerte de Lautaro.

Se trata de Lautaro Cabral y Matías Fernández. De acuerdo con la investigación, el primero está acusado de ser el autor del ladrillazo que le provocó a la víctima una fractura de cráneo y pasa sus días en una de las unidades del Servicio Penitenciario Bonaerense en La Plata. Al segundo se le imputa su participación en la paliza mortal y está detenido en Florencio Varela.

Hay un tercer involucrado, Carlos Fernández, quien permanece prófugo hasta hoy. Dos testigos de la causa lo ubican en la escena del crimen. “Estoy en contacto permanente con la DDI de Quilmes y sé que lo buscan, pero hasta el momento no hay novedades”, señala Daniel Padin.

Los acusados afrontan un juicio por “homicidio agravado por la premeditación” -dado que fue realizado por dos o más personas-, delito que prevé una pena de prisión perpetua, más el agravante por “robo en poblado y en banda”, que fija una condena de hasta 15 años.

“Dios ya no existe para mí”

Daniel tiene 50 años y una hija mayor: Daniela (27). Trabaja en una distribuidora de productos de cerdo, y cuenta en los meses anteriores al crimen había logrado una reconciliación con Lautaro: “Cuando él tenía unos 10 años me separé de la mamá, me dediqué a mi vida y me alejé de mi hijo. Él estaba enojado, pero hace un tiempo la cosa había cambiado. Estábamos muy juntos. Casi todas las fotos que tengo con él son de los últimos meses”.

El papá adora el heavy metal. Sus pasatiempos preferidos eran tocar el bajo en una banda tributo a Mötley Crüe y juntarse con amigos en un bar a tomar una cerveza. Desde la muerte de su hijo, asegura que ya no lo hace más.

“Hemos tocado en el Roxy, salíamos en televisión. Los muchachos quieren retomar de nuevo el proyecto, pero no sé si estoy en un momento de poder disfrutar de las cosas. No soy capaz, no puedo, y vivo en un mar de lágrimas”, dice.

Daniel supo ser creyente, “de los que andan con la Biblia en la mochila”. Sin embargo, cuenta que “cuando mataron a mi hijo, cambió mi mirada de ver las cosas. Dios ya no existe para mí”.

“Aunque los asesinos pasen el resto de su vida en la cárcel, ‘Tito’ no vuelve más. Ya no se toma más unos mates conmigo a la mañana, ni fumamos ese puchito juntos”, evoca el papá, y vuelve a sumergirse en un desconsuelo irreparable: “Pensé en suicidarme muchas veces. No arreglo nada, ya lo sé, pero en un punto el pensamiento es ‘ya está, no sufro más’.

FUENTE: TN

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