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miércoles, 7 de diciembre de 2022

Fue con su hijo a un torneo de taekwondo y se perdió dentro de GEBA: abusaron de ella y la estrangularon

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Me voy a comprar una gaseosa”, le dijo Fabiana Gandiaga a una amiga, con la que estaba esperando en la tribuna del club GEBA que a su hijo le llegara el turno de participar en una competencia de taekwondo interbarrial. Le dejó la filmadora por las dudas, para que pudiera grabarlo si ella no volvía a tiempo. Jamás volvieron a verla con vida.

Es que cuando intentó salir, la maestra de 36 años se equivocó de escalera y se perdió en los 35.000 metros cuadrados que tenía entonces la sede del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires de la calle Perón 1154. Nunca logró salir del edificio, pero su desaparición fue un misterio durante toda una semana.

Finalmente, una torpeza del asesino y un supuesto llamado extorsivo llevó de nuevo la búsqueda al punto de partida. El cuerpo de Fabiana estaba adentro de una bolsa de consorcio en el hueco de la cámara de electricidad, en el segundo subsuelo de GEBA. La habían violado y asesinado. Por el caso, tres empleados de limpieza del club se sentaron en el banquillo de los acusados. La Justicia condenó a dos de ellos a la pena de 21 años de prisión y absolvió al tercero. La sospecha sobre la participación de un cuarto cómplice en el crimen acompañó la investigación de principio a fin, pero no lograron probarlo.

Fabiana era maestra de una escuela primaria, tenía 36 años y vivía con su esposo, Andrés Cabana, y su hijo Julián, de 6, en el barrio porteño de Floresta. Habitualmente era su marido el que acompañaba al nene a las competencias deportivas, pero aquel sábado el hombre tenía un compromiso laboral y fue ella la que lo llevó.

Su mamá, la abuela de Julián, le ofreció acompañarla ese 20 de octubre de 2001 para que no fuera sola, pero Fabiana le pidió que empezara a preparar las pastas para el almuerzo del domingo, cuando todos se reunirían a celebrar el Día de la Madre. De todos modos, ella ya había coordinado con una amiga, cuyos hijos también practicaban taekwondo con el suyo, ir juntas a verlos.

Hacía calor ese día y las dos mujeres llevaban ya un par de horas sentadas en las gradas esperando la participación de sus hijos. Minutos después de las 16, Fabiana no aguantó más y decidió bajar a buscar un kiosco para comprar una gaseosa.

-Para las 17.30, el torneo ya había terminado y ella no había vuelto. Su auto seguía estacionado en el mismo lugar donde lo había dejado, pero no había rastros de Fabiana. “Le pudo haber pasado cualquier cosa, pero seguro desapareció por la fuerza o tuvo algún trastorno”, dijo en esas primeras horas de desesperación su esposo a los medios. De lo único que estaba seguro Cabana, era de que su mujer no lo había abandonado. Y no se equivocaba.

La ayuda que fue una trampa

La familia de Fabiana Gandiaga estaba aterrada. Los investigadores desconcertados. Todos la buscaban, pero el mismo día que desapareció fue asesinada. El trágico desenlace se empezó a escribir cuando la maestra, perdida dentro del club, fue a parar al hall de Bartolomé Mitre 1149, cuya puerta los fines de semana permanecía cerrada, y justo se cruzó con un empleado de limpieza.

El hombre le ofreció guiarla hacia la puerta de la calle Perón, pero en el camino se desvió, la llevó hasta un entrepiso que estaba en obra, y en ese lugar aparecieron otros dos hombres que la obligaron a meterse en el baño. Allí empezó el calvario de la víctima.

Los tres hombres le pegaron hasta que perdió el equilibrio, le golpearon la cabeza contra el piso hasta que ya no pudo resistirse y la violaron en grupo de manera salvaje. En medio del ataque, también la estrangularon al sujetarla con un brazo por el cuello.

Fabiana agonizaba. En ese estado le pusieron una bolsa de consorcio en la cabeza y la arrastraron hasta el subsuelo, donde finalmente la descartaron. La víctima quedó sola y murió en ese lugar, casi a la misma hora que su hijo empezaba a competir en el torneo.

El teléfono, la clave

Mientras pasaban los días y crecía la preocupación por el paradero de Fabiana, su familia recibió dos llamadas telefónicas desde el celular de la maestra, el cual le habían robado el día del crimen.

Del otro lado, una voz desconocida pedía un rescate por la mujer. La familia hizo la denuncia correspondiente y el Departamento de Delitos Complejos de la Policía Federal especializado en secuestros inmediatamente intervino la línea.Así interceptaron el llamado de una mujer de Berazategui que, nuevamente desde el teléfono de Gandiaga, llamó a su marido, quien estaba trabajando en GEBA. En ese punto todo se precipitó.

En cuestión de horas, la policía llegó al club y ubicó a Fernando Antúnez, el empleado de limpieza que había engañado a la víctima con el objetivo de abusar sexualmente de ella. El hombre tenía un rasguño en la cara y lo detuvieron. Entonces, Antúnez delató a sus dos cómplices, Carlos Vallejo y Miguel López.

La autopsia

Las sandalias de la maestra fueron lo primero que se encontró en GEBA. Estaban dentro de una bolsa de plástico, que a su vez habían escondido en uno de los inodoros del baño donde fue atacada la mujer.

En ese mismo rastrillaje los investigadores no pudieron encontrar el cuerpo. De hecho, no pudieron ni llegar al sótano de las instalaciones, ya que la puerta estaba cerrada con llave.

A la semana de la desaparición y ya con los sospechosos detenidos, encontraron el cuerpo de la maestra en la cámara de electricidad. Después, la autopsia determinó que la causa de la muerte había sido asfixia mecánica por compresión extrínseca del cuello. Los forenses también establecieron que había sido víctima de un ataque sexual salvaje.

“Mientras era violada, Gandiaga fue tomada del cuello, lo que le provocó la fractura del cartílago tiroides y la restricción del paso de aire a los pulmones. En esa situación, la mujer entró en estado de inconsciencia y se produjo la muerte”, concluyó el informe de los peritos.

Los rasguños sobre la piel de dos de los acusados fueron considerados por la fiscalía pruebas en su contra, producto del intento de Gandiaga por defenderse de la agresión.

En 2003 llegó el juicio por el crimen de la maestra en GEBA. El 9 de septiembre de ese año el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) porteño N° 14 condenó a Antúnez y a Vallejo a la pena de 21 años de prisión por la violación seguida de muerte. López, en cambio, fue absuelto. El fallo fue unánime.

“Me llevo dos decepciones. En primer término, pensé que los tres iban a ser condenados y en segundo lugar, esperaba que les dieran la pena máxima de 25 años que pedí por este crimen aberrante”, dijo después de conocer el veredicto el abogado que representó a la familia de la víctima, Juan Devalle.

El letrado fue el encargado de comunicarle también la decisión de los jueces al viudo de Gandiaga, quien para ese entonces ya vivía en España con su hijo. “Tomó muy mal la noticia sobre el fallo. Al igual que yo, esperaba tres condenas y 25 años de cárcel para cada uno”, contó sobre esa conversación.

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